ICONOGRAFÍA DE LUGAR EN LA DANZA Y EN EL CINE

AUTOR: Eduardo Blázquez Mateos

Iconografía de lugar en la danza y en el cine

© Eduardo Blázquez Mateos

© Sobre la presente edición: Ediciones Cumbres, 2016

© De la cubierta: Alicia Alonso en Giselle. Foto:Tito Alvarez

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RESEÑAS A LA EDICIÓN

El libro Iconografía de lugar en la danza y en el cine permite recorrer espacios con capacidad narrativa, escenarios que, como relatos, van canalizando una historia tejida desde el cine, el ballet, la pintura y la literatura, juegos transversales que permiten construir retablos y polípticos con capacidad para crear programas y ciclos iconográficos en los que se presentan algunos emblemas espaciales de la danza y del cine: la gruta, el laberinto, el templo alegórico, el bosque de luz, aguas giratorias, la galería de espejos, bibliotecas suspendidas, el gran retrato y el museo metafórico.

El itinerario se inicia con los bosques de luz en la danza y va conquistando los lugares góticos, románticos y expresionistas, adentrándonos en moradas portátiles y en los parajes de Eros alumbrados por escaleras y espejos, por las aguas de Caronte y de Ofelia, para establecer la unión entre la iconografía de lugar y el universo femenino.

 

FRAGMENTO DEL LIBRO

BOSQUES BLANCOS, 

recodos pintorescos.

 

El Bosque Blanco está entrelazado por el simbolismo poético y por el Misticismo, al tiempo, se completa y se explica desde la ut pictura poesis, pilar esencial en el arte de escribir la danza, en las míticas cartas de Jean Georges Noverre.

Entre las estructuras antropológico-místicas, el Ballet ha ordenado los cuatro elementos. La Tierra, desde el monte alegórico, se contrapone al Fuego que lleva a la luz, al camino simbólico. El Agua poetizada se enfrenta al Aire y al árbol aéreo para construir la morada giratoria de la Naturaleza.

Este texto es un Himno a la Naturaleza y a la Mujer, al Nocturno árbol de luz del Ballet clásico.

La noche del Acto Blanco se valora desde lo enigmático, la noche es símbolo del inconsciente, de la intimidad. La densidad del nocturno se articula desde el claroscuro y desde el Sueño reconstruido desde la alegoría. La clave del sueño es revestir la tierra.

La Noche Oscura y la fluctuación del simbolismo nocturno se diversifican, unidas, para articular las tinieblas y las nubes espesas. La Noche es eje esencial en el Ballet; la iluminación, los contrastes de luz y de materia, por tanto, la dialéctica del gesto y del movimiento, del dibujo interno y externo, se canaliza en los conflictos entre el cuerpo y el alma.

San Juan y Santa Teresa de Ávila son defensores de una mística de la Naturaleza. La noche se une al misterio, a la unión amorosa, la noche se fusiona a la cabellera, a la fuente y a las flores. La estética Neoplatónica italiana y la tradición alemana, desde Durero en el Renacimiento a Nolde en el Expresionismo, pasando por el paisaje del Romanticismo con Friedrich, revitalizarán los espacios blancos del Ballet.

El misterio de la luz, de la oscuridad y del color se adentra en el misticismo del Acto Blanco, representado en la estética de lo sublime.

El bosque de símbolos y las cumbres abismales, marcadamente místicas en las pinturas de los paisajes románticos, interceden en las visiones del Ballet, en el universo místico, penetrando en el interior de los bailarines, en la esencia del alma.

La búsqueda de la luz, desde la perfección, entre las analogías que alimentan los secretos, se llega a la Sabiduría, al sentimiento de Verdad; el eterno silencio en los espacios blancos, alimentados por el arte simbolista, permite engendrar lo alegórico, que se describe y explica en el pensamiento místico del Ballet.

La luz y las aguas se ensamblan en El Lago de los Cisnes. La invisible fuente de agua como motivo y como símbolo, en la peregrinación, marca la búsqueda del clásico itinerario místico. En este contexto, liberarse de las ataduras del cuerpo, como en el non-finito, reconstruye el paisaje ultramundano.

El principio de la analogía, que es uno de los reguladores de la mística, define el paraíso que, presidido por la fuente simbólica, está presente en la literatura del Más Allá, en el acto blanco, paisaje ultramundano apoyado en la ut pictura poesis. 

El conocimiento de la naturaleza, la imaginación mística, el simbolismo cíclico, van penetrando en el Ballet. Las Estructuras místicas, desde el régimen nocturno y diurno, marcan los estados de vacío, la voluntad de unión e intimidad secreta, se define en las estructuras del Ballet: los símbolos de inversión y de intimidad, la negación doble, la viscosidad, la quietud y la calma primitiva, la Iconografía de la Fidelidad y de la Espera, el Nocturno y la Isla, la Noche oscura y su representación, la tumba del jardín nocturno, las aguas determinadas por la Luna y el sempiterno bosque cerrado.

Se trata de una estructura singular, el mapa del Misticismo, capaz de crear el espejo del Ballet.

El gran género del Misticismo es el paisaje, desde las flores pintadas al jardín representado, pasando por las pinturas con alma. Los místicos crearán una iconografía singular y el Ballet lo incorporará con singularidad. La unidad, desde la Naturaleza, enlaza la mitología con los cuatro elementos.

La topografía mística, desde los cuatro elementos, se canalizada en los cuatro reinos, representa la articulación de la Naturaleza en el Ballet. Desde el Árbol nocturno a los bosques de símbolos, los bosques blancos y el Monte alegórico, se nutren de las influencias de los montes simbólicos de la emblemática. La influencia de la tabla de Cebes en la representación del Monte de la Perfección de san Juan de la Cruz es uno de los modelos.

El Teatro de la Memoria se traduce en el Monte. En el grabado de Diego de Astor de la subida al Monte Carmelo, fechado en 1618, aparecen tres caminos (como las trayectorias de los bailarines), los dos laterales son caminos de imperfección, el central es el itinerario ascendente al Monte Carmelo. El alma sube hasta llegar a la cima simbólica, a la morada de Dios, un círculo esencial de la coreografía. No se trata del lugar de retiro de Elías, este Monte es un escenario idealizado. Diego Pastor, discípulo de El Greco, realiza el dibujo para el grabado desplazando la visión de San Juan para reconstruir una renovada iconografía de lugar y de tiempo, ante la montaña alegórica definida por los tópicos de lugar de la literatura ultramundana, rememora las anamorfosis e identifica el monte con un rostro, utilizando una analogía sempiterna en el arte renacentista.

La alegoría del Monte y su ascenso remite a Hesíodo, en el siglo IX a. C., que retomarán Antonio de Guevara, Bernardino de Laredo, para reconstruir el monte de la Virtud que, en relación con la morada alegórica, recupera el protagonismo de la cima como símbolo de la Felicidad, que para el ascetismo el estoicismo se explica en la búsqueda de perfección.

La Gruta y la morada íntima, tumba y útero, se unen para explicar la iluminación interior o exterior, que marcan un contraste revelado en el Ballet. La noción de espacio sagrado, desde la transcripción iconográfica de un símbolo, confluye en el acto blanco.

El jeroglífico del árbol místico, superior, con sentido místico-abstracto, se une a la Montaña cósmica y a los caminos, una interrelación existente en las coreografías.

La Montaña sagrada se convierte en un escenario emblemático, las montañas de la mitología griega serán protagonistas de las escenografías del ballet. El Parnaso será utilizado desde distintas variantes, su representación figurativa tiene una clave abstracta, la imagen de una escalera servirá para evocar el mítico monte, desterrando rocas y frutos en la obra de Balanchine. En la transición del mito a la poesía, la alegoría será determinante para elevar los míticos recodos/regiones. Ovidio describe el palacio del Sol y la Casa de la Fama en las Metamorfosis desde la dimensión/clave alegórica. El mundo apolíneo y el subterráneo conviven en las invenciones de Ovidio y formarán parte de la historia del Ballet desde el siglo XV en Italia. Desde Ovidio, se retoman los contenidos y la vivencia ultramundana del Acto Blanco, elaborados por los humanistas del Renacimiento.

La montaña armoniza tierra y cielo, une mundos, puede convertirse en una llanura definida desde la luz del camino simbólico protagonizado por árboles mágicos. Al quemar el árbol sagrado, el fuego, como elemento sacrificial por excelencia, como en un altar, se establece el itinerario filosófico y se pasa al camino místico, se elogia la sabiduría en el Altar, como un culto al sol que determina las etapas del camino inscrito por las Bacantes que, como portadoras del tirso, crean una dialéctica con el Agua poetizada, con el jardín. Las aguas vivas, como triunfo de la luz, definen la iluminación interior del Acto Blanco.

En paralelo, las Rosas místicas que adornan la cima de la fuente y del sepulcro, como la floración del rosal, llega desde el Romanticismo al Expresionismo alemán para definirse en Bruno Taut. La flor mística, la rosa unida a la cruz, como en las chimeneas, lleva a la gran flor, a la flor madre génesis-principio de generación, como la flor de Dante, flores místicas unidas. La flor como estrella protectora/fortaleza define el reino del silencio y de la luz, creando la casa del cielo rememorada en la planta de estrella que irradia destellos en el mundo de los místicos.

El Aire y el árbol se unen para mostrar que el árbol representa el eje del Viaje ultramundano en los Actos Blancos. Se trata del centro místico del cosmos, es el elemento de conjunción entre zonas subterráneas, une y separa el mundo terrenal y el cielo.

Los árboles en el Ballet, unen las raíces-el tronco y la copa para construir los Bosques Blancos del Acto Blanco. Los árboles representan el Árbol sagrado del Otro Mundo. Se trata de árboles notables, abundantes, que conforman una barrera e incorporan recodos para las almas blancas; los ríos y los valles, profundos y tenebrosos, se construyen desde las coreografías que representan las trayectorias y composiciones militares, reveladoras de la literatura de visiones. El ascenso-viaje de las almas, no impide la representación de los distintos vientos por parte de las bailarinas.

Los árboles de los lienzos Las Tres Gracias / Las edades y la Muerte de Han Baldung Grien, de 1544, muestran parcialmente el mensaje de la luz y de la oscuridad, el conflicto de la fugacidad de la vida, explicado en los paisajes con abundante vegetación en el nocturno de las Gracias, frente al paraje incendiado y en ruinas de las tres Edades. Los árboles enfatizan las verticales, la madera seca de cada árbol, como en el Ballet, construye la semántica de la madera, símbolo de fecundidad, material místico en su complejidad.

La regeneración de la vegetación, el culto al árbol y a los bosques se vivifica en el Acto Blanco del Ballet. El Verticalismo y ascender une el paisaje con las bailarinas, ellas se convierten en árboles de luz.

La Dramatización de los cultos agrícolas, el ciclo y el arquetipo del árbol/bosque, permite a las bailarinas, como árboles en eterna transformación, unirse al culto lunar y al corolario vegetal y marcan la síntesis del Acto Blanco.

Vincular el árbol con la columna, desde la metamorfosis de lo vegetal, permiten prolongar la vida humana a un circuito entre el nivel vegetal y humano que se exalta en la Fantasía, eje del Romanticismo. La imaginación es un árbol, los tres árboles y las tres edades, el árbol ramoso del Ciclo que se inscribe en la iconografía imaginaria del árbol, traducen el espejo del simbolismo cíclico que, matizado en el árbol invertido, explica el sentido laberíntico y funerario del ciclo temporal representado en la dialéctica de luz-oscuridad en el Acto Blanco.

El árbol se emparenta con la escalera vertical para construir la morada de cristal, como las Moradas de santa Teresa, imagen del Laberinto, hilo conductor que, como un diseño coreográfico, define el relato alegórico que invoca al Visionario de la luz. La escalera alegórica tiene su icono en la escalera de luz, marcando una elevación espiritual, conquista la gradual de la elevación espiritual, que identifica el camino con los escalones. Se unen escalera y laberinto, invocando a la danza de Ariadna en el laberinto.

Los paisajes, bosques y jardines, de Circe y Armida han sido esenciales para abordar las iconografías de lugar y de tiempo. En el libro Divino Escenario se analizan los espacios simbólicos desde la representación de la Naturaleza, destacando los parajes y jardines de Circe, Armida y Tetis. Los bosques y las islas de diosas y de magas articulan el itinerario y las rutas que definen la exaltación de la belleza femenina con sus desdoblamientos. Los paisajes de Calipso son suaves, repletos de fragancias; los escenarios de Circe van unidos al reino animal, con bosques espesos y grutas dionisíacas.

El ballet Sylvia representa la estructura emblemática de las escenografías-paisajísticas: el primer acto está protagonizado por el BOSQUE, en el segundo acto se ensalza la CUEVA; el tercero está presidido por el palacio alegórico. Desde la partitura romántica, el Ballet se define en tres actos, con coreografía de Louis Mérante y música de Léo Delibes, estrenado el catorce de junio de 1876 en Paris, se define como un ballet único, se trata de un ballet clásico, con el escenario mitológico sobre Arcadia; sus coreografías, su amplía escenografía, su repercusión en el arte, su notable partitura, permiten descubrir insignes representaciones paisajísticas. Los orígenes del Ballet se encuentran en Amintia (1573) de Torquato Tasso, adaptado a la ópera por Julies Barbier y el barón de Reinach. El Acto I descubre el bosque sagrado. En el Acto II se revla una cueva en la Isla de Orión y en el acto III se muestra el palacio de Diana, con escenografía de Jules Chéret, el vestuario es de Eugène Lacoste.

El Ballet Sylvia ou la nymphe de Diane, nombre inicial del Ballet de Louis Mérante, desarrolla un ballet en tres actos y en cinco tableaux, representa el bosque sagrado, la gruta y el palacio de Diana. En el bosque sagrado del inicio, Eros dispara a Sylvia, secuestrada por el cazador Orión en el segundo acto; en el tercer acto se revela en el Templo de Diana, la Bacanal presidida por Baco, consagrando el poder de las danzas dionisíacas en un bosque feminizado, presido por el empoderamiento de una diosa eje, Diana, y protagonizado por una ninfa casta: Sylvia.



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