Es letra y se canta
Veintiséis canciones
de Marta Valdés
© del texto Rita Abreu
© de las letras Marta Valdés González
© Sobre la presente edición: Ediciones Huso, 2025
Editora y fundadora: Mayda Bustamante
© Primera edición de Gao Ediciones, México 2024
© De la cubierta: Marga Villaverde (mintchocollage)
Agradecemos a Raúl Nogues su colaboración aportando las imágenes
de Marta Valdés que ilustran la cubierta y el interior de este libro.
EDICIONES CUMBRES
[ ESPECTÁCULOS Y EDICIONES SL]
Paseo Ermita del Santo 40, Local 1 • 28011 Madrid
Fundadora de Ediciones Cumbres: Mayda Bustamante
Diseño de catálogo: Carril Bustamante
Maquetación para e-book: Alessandra Carril
ISBN: 978-84-124628-7-6
Depósito legal: M-22512-2025
Impreso en Safekat
Calle Laguna del Marquesado, 32 L, 28021 Madrid
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Marta Valdés desmiente todas las categorías y estereotipos que la industria musical nos ha vendido: que el éxito viene de fórmulas muy hechas, sencillas y repetitivas. Que quienes escriben deben ceñirse a un público básico e ignorante. Que basta con que pegue uno o dos éxitos para hacerte famosa en todo el mundo. Que quien graba muchos discos gana la batalla. Que hay que cautivar a públicos masivos, consumidores de música y souvenirs. Que se necesitan agencias de mercadotecnia que a través de grandes producciones posicionen a un artista. Que no importa la personalidad o pensamientos propios, lo que un intérprete necesita es convertirse en marca. Y, lo mejor de todo, es que ella lo ha sabido desde siempre.
Prólogo
En la imaginación
de un cancionero necesario
Cuando me enteré de Es letra y se canta. Veintiséis canciones de Marta Valdés, sentí varias cosas al mismo tiempo. Fue como un latigazo ya que, tras años de escuchar sus canciones, y de vivir la relación musical entre Cuba y México, siempre creía como pendiente de la crítica musical mexicana, un trabajo sobre la obra de Valdés ubicada en una injusta marginalidad del gusto mexicano, que salvo algunos círculos y algunas de sus canciones, el conjunto pasaba difuso o francamente inadvertido.
Es por ello que este libro de Rita Abreu, no sólo resarce dicha marginalidad, sino que constituye un nuevo momento en la difusión de la cancionística de esta compositora, esta vez desde la frescura, intimidad y rigor que la autora nos regala en este texto breve e intenso.
Cuando conocí la música de Valdés —gracias a la visita musical que hiciera una de sus intérpretes más señaladas, Elena Burke—, supe que estaba ante algo distinto. Se trataba de una expresión que Pablo Milanés definiera en una de las presentaciones de los cinco disco enmarcados bajo el nombre Filin: «Compositora cubana, imposible de encasillar en alguna tendencia. Sencillamente Marta es Marta».
La definición de Pablo describe lo que sentí al escuchar sus canciones: tras la impresión inicial, supe que no estaba ante cualquier tipo de canción. Su conocimiento me impactó en la misma concepción que yo tenía de la canción, de la composición y del bolero (aun cuando cabe aclarar que Marta es mucho más que una compositora de boleros).
A principios de los años noventa yo tomaba distancia de la música aca-démica y el gusto más estandarizado, que iba de la llamada «música clásica» a distintas expresiones de jazz, con paréntesis en el «rock progresivo» que producía en mí una suerte de digresión auditiva.
Ya venía yo cediendo a la originalidad y brillo de la música de la isla. Pero fueron las extensas conversaciones con Manolo Cruz y las hermanas Carmen y Lupita Revilla, quienes fueron mis verdaderos maestros, me introdujeron a la música cubana, y a otros grupos como Los Folkloristas. Meses después, ya en pleno redescubrimiento de la cultura cubana, aún conservaba cierta culpa por mi rezago; fue entonces que Carmen, Lupita y Manolo me ofrecieron la oportunidad de acompañarlos a un bar del norte de la Ciudad de México donde escuché a Burke interpretando a Valdés con la exquisita dramaturgia y sentido del público de su Majestad La Señora Sentimiento.
Pasaron semanas para asimilar aquello que por entonces asociaba a cierto impresionismo y post-romanticismo propio de mis gustos académicos; desde cuyo enfoque veía la música de Valdés más que sobrepuesta, en diálogo con estas corrientes.
Mi historia personal y musical sigue, pero lo importante hoy es subrayar el valor de este libro que reproduce en su contenido y forma parte del universo de Valdés, y también de lo que significa una de las expresiones más delicadas y elaboradas de la música amorosa y los géneros líricos. Escribir estas líneas ha sido motivo de un enorme placer, porque lo hago pensando y sintiendo las canciones de Marta tras las líneas de Abreu. Me confirma la particular cercanía que suele darse entre quienes casi de manera intuitiva nos sentimos muy identificados con la música de Marta.
Al enterarme del libro tuve mucha curiosidad por leerlo, pero conocer su abordaje y su realización ha superado mis expectativas. El estilo y forma de Rita se trasluce con claridad en este texto; ya la conocía en su papel como conductora, locutora, guionista, gente de radio y de bolero; pero no pensé que la lectura de su libro me haría matizar mi convicción de que nadie la podía exultar o reconocer como yo. El libro de Abreu lo ha hecho, y lo celebro, no escatimo elogios para definir este libro como digno homenaje a la excelsa compositora cubana.
Reconozco en Abreu una hermosa cercanía con Valdés que redunda en este testimonio inigualable por la amistad real y epistolar que han logrado mantener. La forma en que Abreu desgrana la obra de la autora cubana, está en ese punto medio de la cercanía y el respeto; en clave también de un texto limpio sin falsa superficialidad y muy dentro de una estética cuidada, delicada y elegante como son las propias canciones de Marta.
Ya existen algunos —no muchos— ensayos sobre música, bolero; diversas anécdotas, entrevistas e historias sobre compositores, canciones, momentos, lugares de escucha, peñas; pero Abreu logra sumar todo eso y añadir el comentario, la intertextualidad literaria y musical, datos de su propia historia, y un gran conocimiento sobre Valdés, que no exagero al decir único en los medios culturales mexicanos.
Gracias a este libro me he enterado de anécdotas, detalles que no recordaba, y no sólo eso, he podido organizar las piezas sueltas que tenía sobre Valdés. Hay que añadir que la lectura de Es letra y se canta también ofrece información a quienes se interesan en otros intérpretes del filin o en la vida musical habanera.
El ámbito musical de Valdés abarca también la reseña que realizó para el periódico Revolución. En ese sentido Marta es compositora y oyente, intérprete y una especie de meta-autora que al componer reflexiona sobre su propio acto de creación; así también el libro nos adentra en algunos de esos mecanismos, que forman parte de una obra tan particular como la que nos ocupa.
A diferencia de la amistad epistolar y personal que durante años han sostenido Abreu y Valdés, mi relación con Marta ha tenido dos vías: la primera, personalísima a través de la fruición, la enorme degustación de sus canciones, que nunca puedo escuchar mientras hago otra cosa. Sus canciones me demandan, de la misma manera que lo hace un coral de Johann Sebastian Bach, atención total, en la letra, y si a ello añado las versiones de Miriam Ramos —a quien la propia Marta llamara su hija musical—, Haydée Milanés y Gema Corredera, debo recorrer de manera particular la interpretación de quienes tan dignamente han rendido tributo a las canciones de Valdés.
La segunda vía ha sido más circunstancial, como una miríada de detalles, anécdotas (con terceros), conciertos y personas donde Marta aparece una y otra vez, porque la evocamos dentro del lugar donde está: el lugar único de enunciación de un tipo de filin, bolero, balada y canción amorosa, inconfundible. Dentro de estos recovecos personales puedo mencionar la única vez que pude conversar con Marta, en su casa de La Habana en 1998, gracias al melómano, promotor cultural y curador Eugenio Chávez, además de organizador de eventos culturales.
Otro hecho que Abreu refiere fue una idea del gran instrumentista de filin Felipe Valdés, último guitarrista de Elena Burke, con quien sumamos esfuerzos para hacer un pequeño homenaje a Marta Valdés, algo que ambos siempre quisimos organizar. Comenzábamos a despertar de esa pesadilla que fue la pandemia del covid-19 a finales de 2020 y literalmente acabamos organizando un concierto de azotea el cual pudo filmarse no obstante la entrada de un frente frío el 15 de noviembre que devino en una fuerte ventisca que azotó casi sin parar. Gracias a la habilidad tecnológica de Felipe Valdés, los quince números de aquel concierto-homenaje pueden degustarse en You Tube.
Tras este recorrido, regreso a esta obra escrita a manera de cancionero. Como se sabe el «cancionero» es un folleto o libro que contiene canciones de moda; también puede incluir poemas o, según la editorial, contener información adicional como acordes, intérpretes y diversos datos. Un cancionero es una compilación que una persona o institución hace de lo que considera más relevante o importante dentro de un área de canciones, o bien como recuento con alguna temática específica. A la manera de cualquier antología literaria, no existe cancionero perfecto que incluya todo; generalmente hay un proceso de inclusión/exclusión de letras, operaciones de selección y organización que pueden reflejar gustos o filias del antologador.
Invariablemente el «cancionero» de Abreu recupera algunos de los números más importantes de Valdés; Rita misma señala que el libro es una aproximación a la obra de Marta a la luz de veintiséis canciones y para recorrer lo que ha pasado con ellas, también menciona que: «la intención es que este sea un libro breve y brinde algunas pistas». El objetivo tras la alusión al cancionero, no puede ser más que provocadora. La autora no especifica la razón del número seleccionado.
Es cierto que hay canciones que creemos importantes como No es preciso o José Jacinto, que no aparecen en el «cancionero», pero ello no supone más que la libre selección que la antóloga se permite para hilar los distintos niveles de sentido que existen en el libro. El número, veintiséis o cualquier otro, es el pretexto para degustar libremente a la compositora; señal de esa concreción virtuosa en la que cada cual tiene una densidad irrepetible. Ello coliga con la cancionística misma de Marta donde no hay dos números iguales, y cada uno brilla con luz propia y puede escucharse de manera autónoma. El número de dos dígitos nos permite recordar algo que ha sucedido con algunos filinistas, como el caso del enorme José Antonio Méndez, ambos autores de no demasiadas canciones. Y esto es propio de grandes compositores muy conscientes de lo que significa la canción y de su papel en la comunicación musical.
La lectura del cancionero invita a que el lector pueda escuchar las canciones en las versiones sugeridas. Hoy la magia del Spotify o You Tube facilita lo que en el siglo pasado era inimaginable, y permite una especie de «Escucha 2.0», que significa un internet más semántico y organizado que en una plataforma —más difícil de lograr por medios analógicos— de una compositora muy coherente en su cancionística. En suma, aparte de considerar a este «cancionero» como un tipo de listado comentado de algunas canciones de Marta que sirven de pretexto para hilar varios aspectos de su vida, su obra, su contexto, el libro hace otras cosas. Enumeremos algunas, con el fin de reconocer la generosidad didáctica de la autora, en un tipo de libro escrito con un estilo muy ágil que no resta rigurosidad:
En primer lugar, vemos a nivel denotativo algunas datos de la historia mexicana de Marta, con elementos y referencias muy particulares, que no recuerdo haber leído antes; descubrimos en ellos a la compositora, más allá de lo que puede decirnos una entrevista, conocemos sus reflexiones, su estética musical, sus gustos e influencias, así como algo sobre los momentos de su trayectoria. Sabemos de sus estudios de filosofía y letras, de su paso como instructora de bachillerato, pero sobre todo de su producción musical, y los criterios innegables. Esto nos brinda información complementaria para comprender el fenómeno-Marta como una particular totalidad, en la cual su expresión es una búsqueda personalísima que atravesó por momentos en que tanto la producción como el gusto de los años sesenta apuntaba a la canción social, y no a la canción amorosa.
Un segundo elemento es el contexto de producción de algunas canciones, la fecha, el género, el tratamiento propio de cada número: siete de la última parte en la década de los años cincuenta; trece números en los sesenta, donde llama la atención que la mayoría sean de 1968, año emblemático, aciago e intenso en muchos sentidos; cinco números más de los setenta, sobre todo en su primera parte, y un último número de la segunda década del siglo xxi.
Es importante subrayar el tema del sesenta y ocho porque Valdés es parte de esos compositores que supieron brillar con luz propia en el proceso de entronización de la canción social durante el cual Marta nunca renunció a su estilo y ella misma fue crítica de exacerbación de lo «nuevo» como la propia Marta nos dijo a Chávez y a mí en aquella entrevista de 1998 . La centralidad de los sesenta nos permite otra inferencia. Esta década fue interesante para los géneros líricos tradicionales ya que, por influencia del rock anglosajón, el gusto cambió, la forma de componer también; la balada como género, popularizada por el rock, actualizó las letras, giros y temas en la canción de amor, en ese sentido los boleristas comenzaron a innovar, mostrando una plasticidad y riqueza muy importantes. Ante ese bolero mucho más estandarizado de tríos y agrupaciones, que pueden verse hasta el hartazgo en diversas películas mexicanas, el bolero de los sesenta tiene un aire de innovación y renovación únicos; no es casual en ese contexto más amplio la presencia e importancia de otro tipo de compositores con una estética y una idea de la canción misma que de alguna manera no se ha vuelto a repetir.
Algo que no hemos mencionado y cabe subrayar, es el vínculo con la letra, que en Marta tiene un valor central y fundamental porque no muchos saben que estudió humanidades y siempre ha sido una lectora voraz de literatura clásica, contemporánea e incluso de otras temáticas. Gracias al texto de Abreu tenemos las claves para reconocer a Marta como profesora de literatura, como estudiante de filosofía y letras, lo que se confirma por el testimonio de la gran autora de epístolas y su vocación por la palabra escrita.
Por último, otro elemento que Es letra y se canta me ha dejado como lector es el modo de organizar algunas claves de la estética; si bien es algo que en realidad yo intuía, a lo largo del cancionero se explicita y aclara. Se trata de una especie de estética donde la canción se mira en el espejo, en una poética que da un valor a la «letra», no al texto como Valdés aclara. No es que las canciones de Marta sean más lentas, de hecho esto fue algo que muchos críticos espetaron contra el filin, sino que estamos ante una «red» que se abre, dando pie a la armonía, a la libertad interpretativa, al manejo particular de acentos en la palabra. Estética en la cual Marta reivindica el valor de la canción amorosa, en una época en la que todo mundo mira a la calle, a la plaza, al trabajador, a la historia y a los valores libertarios. En este contexto Valdés reafirma su compromiso con esa canción íntima, pero profundamente responsable en las coordenadas de su creación: literaria, inteligente, fina, muy sentida, honesta y por tanto responsable con lo que ella cree y piensa. Qué más se le puede pedir a una compositora: honestidad sin límites y compromiso lírico con sus oyentes.
Cierro esta liminar con mi gran agradecimiento a Rita por su trabajo múltiple, por este testimonio y homenaje más que merecido a una de las autoras más emblemáticas, particulares y únicas de la cancionística cubana. Brilla ya este libro por su honestidad y por el cariño que Rita trasluce, algo que estoy seguro se verá reflejado en la degustación lectora de un texto bien escrito, ágil y cercano, como siempre he sentido a las canciones de Marta Valdés.
Tanius Karam
Santo Domingo, Coyoacán, 2024