DANZA Y POESÍA. UNA POÉTICA EN MOVIMIENTO

Autor: Ivette Fuentes de la Paz

Danza y poesía. Para una poética del movimiento
© Ivette Fuentes de la Paz
© Ilustraciones: Reymena
© Sobre la presente edición: Ediciones Cumbres, 2015
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RESEÑA DEL LIBRO

Esta obra se propone descubrir un parentesco de mayor esencialidad que el puramente genérico entre ambas manifestaciones, al entenderse la imagen poética como el movimiento significativo de una idea entre uno y otro polo de la metáfora. Esto lleva de especulaciones puramente estéticas sobre Danza y Poesía (estudio de la estética danzaria y de la metáfora poética como tensión de los extremos significado y significante) a indagaciones estéticas más específicas proyectadas al ámbito danzario, e irradiadas desde él, para develar el cosmos poético que por el movimiento se hace cosmogénesis. El estudio de lo estético danzario en algunas figuras de la poesía cubana y universal (José Lezama Lima y otros poetas del Grupo Orígenes, Paul Valéry y Edgar Allan Poe) completa el “sutil hilo de araña” que crea la urdimbre poética de una primera Danza.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN

Una premisa necesaria

 

Dijo Sergio Lifar que la elevación y el dinamismo plástico eran los elementos esenciales de la Danza. Así el crecimiento y la progresión en el espacio determinan las figuras en una comunicación gestual. Y dijo Gaston Bachelard en uno de sus más lúcidos ensayos, que los caracteres más notorios de la imagen literaria eran su carácter de expansión y de intimidad, lo que hace recordar en la metáfora poética –llevado al summun el pensamiento abstracto del hombre en su lenguaje– a los elementos danzarios.

De este modo se descubre un parentesco de mayor esencialidad que el puramente genérico entre Danza y Poesía, al entenderse la imagen poética como el movimiento de una idea entre uno y otro polo de la metáfora, tropo danzario que se complejiza en la medida en que alcanza mayores rangos de elevación y así de comunicación poética.

Reducir estas consideraciones a un esquema general de aplicación lleva de especulaciones puramente estéticas sobre Danza y Poesía a indagaciones poéticas más específicas. Como toda ley que resume en sí una generalidad, esta se acrecienta en las particularidades sin que abandone, por esto, su esencia generatriz.

Cada obra que se aborda abre el camino y descubre aristas de mayor interés, lo que además de satisfacer las premisas de estudio, devela un misterio mayor al encontrarse, entre los autores seleccionados, una corriente subterránea de afinidades, comunidades intelectivas y, sobre todo, mutua deuda y admiración. Así lo que fuera elección intuitiva –como lo es toda premisa de investigación– se convierte en nexo consciente. El estudio de lo estético danzario en la obra de José Lezama Lima, Paúl Valery y Edgar Allan Poe, bajo esta óptica, es el “sutil hilo de araña” que teje, secretamente, la urdimbre poética de su primera Danza.

La deuda no estriba en influencias simplemente; el parentesco se descubre en tesis y propuestas, en formas y en la concepción original de sus cosmogonías. Todas tienen un factor común: el henchimiento espacial y la temporalidad; «la elevación y el dinamismo plástico» del que hablara Sergio Lifar como carácter de la Danza es, en estos tres poetas, fundamento estético.

El cosmos poético se hace en ellos, por el movimiento, cosmogénesis, universo en constante cambio. La fuerza que lo sostiene es un Eros de conocimiento que lo hace progresar en la angustia de encontrar la forma justa que diseñe un mundo inapresable. Creadores de un mundo particular, estos poetas demiurgos anhelan detener la imagen en su verso. Valéry observa: ¡Qué confusión al principio, que luego dijérase adentrada en el orden!, lo que parece repetir Lezama cuando al hablar de la «infinitud cognoscente» transita del «ritmo sistáltico, violento» al «ritmo hesicástico, al sosiego, a la sabia contemplación». Cosmos que se aviene al continuo movimiento por la creación. «Así debe ser –dice Poe– pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento (...)». Invocado el mundo se persigue, en el decursar de sus vueltas, el conocimiento de su forma. Cada quien situará el espacio de su posibilidad. Para Valéry «el sueño es la sabiduría»; en Poe «la intuición se transforma en conocimiento» y Lezama va más allá de una medida para llegar a la «desmesura», «porque toda poiesis es un acto de participación en esa desmesura, una participación del hombre en el espíritu universal».

La cosmogénesis poética crea en su movimiento un espacio de probabilidades. En la vocación teleológica de la figura tiene su extensión la imagen. Espacio que por móvil ensancha su diseño, sitio que por elástico distancia, en una «cantidad hechizada», los extremos entre «el germen y el acto».

Del motivo a la definición, del hálito al conocimiento, de «uno a otro lado de la nada» está un estado intermedio de ensoñación. Allí es la sobrenaturaleza o lo sobrenatural, allí puede estar el Aidenn o una Era imaginaria, o el Puraná confluir en el Cementerio marino. Allí el hundimiento en la noche puede ser el descendimiento al Maelström. O el amontillado agrietarse en el Tokonoma. Entre las móviles paredes de su mundo todo puede suceder: «sus distancias están ocupadas por las transformaciones incesantes de la poesía».

Hasta aquí el Verbo y su “jerigonza”, lo demás será el eco y las figuras. El cosmos en el sueño de un poeta. Allí la Poesía regresa hasta su Origen. El movimiento en la Danza lo permite. Es un «dulce reencuentro en tu luz anegado».


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